Desperté una mañana y sentí un bulto en el pecho. El día estaba nublado y fresco, era temprano más el sol ya se había puesto entre las grises nubes. El ruido de costumbre que entraba por mi ventana no era muy diferente al del resto de los demás días. Me preguntaba que era este extraño sentimiento...
Era como angustia, ansiedad de esas que se meten entre tus actividades sin saber porqué está allí, pero que sólo decides seguir adelante y esperar porque se vaya, pues no parecía ser algo tan grave. Así vagué durante algunos días, semanas, tal vez incluso meses, y no lograba entender que era el bulto apretujado de emociones en mi pecho. Algo andaba mal. 'Suelo ser alguien nervioso..' pensé 'pero esto es algo anormal'.
De repente un día el bulto parecía ser casi insoportable, como si por todos lados me siguiera como sombra y la vida empezaba a carecer de sentido, así que decidí averiguar de qué se trataba. Oré, leí libros, hablé con Dios intentado investigar qué sucedía allí adentro. La respuesta no tardo en llegar... Era llanto, reprimido por supuesto y un profundo temor a experimentarlo envuelto entre ocupaciones para tratar de evitarlo, y así no hacer realidad aquella pesadilla por la que apenas hacía algunos meses había pasado.
Oré por valor para enfrentarlo, pues enseguida me di cuenta que era el llanto de un duelo, por haber perdido a un ser amado recientemente, un alguien que llenaba mi vida de alegría, que complementaba a la familia, y que a pesar de nuestras disputas fraternales que ocasionalmente aparecían le apreciaba, e incluso le admiraba, admiro aún.
La rabia, el terror... La impotencia salían a flote como si hubiesen esperado un largo tiempo para tomar un suspiro enorme y al fin respirar y brindarme aliento (y con ello paz).
Volví a sentirme incapaz como en ese terrible infierno, reviviendo la triste y angustiante crisis; esperando llamadas para resolver el caso, la llamada del "han fallecido ambos", y esperar a mamá en el aeropuerto para viajar 3 horas por carretera para llegar al velorio y recibir los infinitos y exhaustivos pésames y los 'lo siento' que llegaban al punto de hacerme sentir que era yo quien debía consolar a los demás, cuando en más de una ocasión sentí que me apretaba el pecho y no podía respirar, las palabras mucho menos podía gesticular.
Todo aquello retumbo en las dolidas pareces de mi traumatizado y herido corazón, y el intentar sobrevivir como zombie ante la vida tratando de encontrarle sentido a las actividades cotidianas como comer, hablar por teléfono, incluso ducharse, parecía ya no funcionar. Era momento de palpar los sentimientos y darle consuelo y alivio a mi corazón.
Sonaba duro, pero necesitaba hacer caso a mis sentimientos, escapar incluso de ser necesario.
Desaparecer.
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