Y aquí estoy, en la noche más solitaria de mi vida, aunque similar a muchas otras, con tres pesos en mi cartera, 2 pitillos en la cigarrera y un vaso de leche en la nevera. Quebrada hasta el cuello.
Manteniendo un anhelo más grande que el cielo, tan brillante como sus estrellas, y tan lejos de cumplirse como la distancia entre el sucio suelo debajo de mis pies hasta la extremidad más cercana de la luna hacia la tierra. Me siento desconsolada.
Las lagrimas recorren el rostro, mientras aprieto la garganta y a duras penas sale el llanto, entre reniegos y plegarias: '¡ayúdame, Dios mío! ... Que no veo tu luz entre tanto desconcierto...'
Y mientras tanto el intento de encontrar consuelo en los demás humanos parece más que inútil. Cuesta hasta los sesos admitir que te has sentido un perdedor ya durante un buen rato, y que la respuesta de los demás sea un simple: 'tal vez no te estás esforzando demasiado', cuando has dado ya todo lo que dentro de tu vacío yo has encontrado.
Necesito fe.