domingo, 6 de marzo de 2016

Inocente Doncella

Sentada sobre la sillita tejida de bejuco, solapándose el dolor mientras recorría sus delicadas manitas alrededor de su rostro para recogerse las lágrimas, echa bolita, en posición fetal, recargando la cabeza en las rodillas y abrazándose las piernas. Con los pies descalzos y, el pelo desaliñado y mugroso, vestida con una blusa de rayitas casi finas de colores verde,azul, amarillo, rosa y rojo, y pantaloncillos cortos de licra. Así posaba la pequeña y adolescente Ana María, imaginando que todo debería de ser como ella quería tratar, que las cosas deberían cambiar.

Le decía adiós a todo lo que ella imaginaba que su primera vez debía ser: contemplando las estrellas en la obscuridad, el ambiente con aroma al sereno que emanaría del pasto, nada planificado, todo espontáneo, con aquél muchacho tan lindo como los pedacitos que vuelan de una rama de diente de león cuando la soplas, tan suave y ligero como cuando rozas las yemas de los dedos en la corriente de un riachuelo. Lleno de amor, perpetuo y sincero, leal y honesto.

Pero ya ves, pequeñita, que hay hombres que no tienen consuelo, que vive el alma del mismísimo demonio dentro de ellos, que no se guardarían ni un poquito el anzuelo al ver que se trata de un mancebo.

Y tú, tan exquisita con ojos como el cielo y piel de terciopelo, tersa y nítida, pulida y brillante, por fuera tan rebelde y por dentro tan inocente, tan sólo 15 años, sin saber qué es lo que quiere. El cabello color moca como el café de los árboles que tanto anhelas.
Tan sólo 15 y, tan atropellada y lastimada, los ojos pelabas cuando lo mirabas, tú infantil creencia de que sería a quien amaras, pero no contabas con que el execrable se aprovechara.

Pero tranquila, chiquilla andante, que tú eres un emblema y mereces más que impurezas, sé que no hay arreglo para lo abominable, pero en lo que te llega un pedacito de compensación, ven, que te presto mi hombro para consolarte.

Ana María, 15 años

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